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Una ruta camino al éxito

Una ruta camino al éxito

Todos y cada uno de nosotros tenemos derecho a soñar y proyectarnos hacia el futuro. Dónde nacemos, dónde vivimos, cuánta plata tengamos, no deben ser indicadores de cuán cerca estamos de ser quien queremos ser. 

Con esto en mente la Fundación Chevrolet y la Fundación Neme, en alianza con la Corporación Juntos Construyendo Futuro crearon el proyecto Ruta Motor, con el objetivo de contribuir al crecimiento y desarrollo de las capacidades de jóvenes en Bogotá, Cali y Medellín en condiciones de vulnerabilidad, que les permitan mejorar su calidad de vida y sus condiciones de empleabilidad.

Es así como 2.000 jóvenes (entre las tres ciudades) se han visto beneficiados con programas de formación técnica, laboral y proyecto de vida, de los cuales 1.200 se han enfocado en empoderamiento de habilidades y 437 se encuentran en proceso de ingreso al SENA en programas de mantenimiento de motos, mantenimiento de motores (diésel, a gas y gasolina), pintura y metalmecánica y logística.

Este proyecto fue seleccionado por la Agencia Presidencial de Cooperación Internacional de Colombia, APC-Colombia, junto a otros 19 para apalancar recursos de cooperación, por encontrarse alineado con la Hoja de Ruta de la agencia en lo referente a construcción de paz. Por esta razón desde la Agencia quisimos hablar con dos de sus protagonistas y visibilizar su camino al éxito.

Con ganas de cambiar el mundo

Hoy es mi primer día en la carrera técnica de Gestión Logística en el SENA, Antioquia. Este probablemente es el primer día de mi nueva vida, una en la que las dificultades del pasado son solo recuerdos de lo que fui. Hoy definitivamente todo pinta mucho mejor.

Mi nombre es Juan Camilo Restrepo, tengo 26 años y nací en Medellín. Crecí junto a mis padres y mis dos hermanos mayores en el barrio Caicedo de la Comuna 9. Mi infancia fue la mejor, aunque no tuve lujos, gracias a Dios y a mi padres, nunca pasé hambre. Salía con los compañeritos del barrio a montar patines, andar en la bicicleta, timbrábamos en las casas de los vecinos y salíamos a correr, en fin, teníamos todo tipo de juegos, esos que ya no se ven. Eso sí, aunque en nuestra mente no existía el miedo no podíamos ignorar lo que pasaba a nuestro alrededor, los peligros estaban a la vuelta de la esquina, la guerra nos mantenía alejados, nos fue llenando de temor.

Me gradué del colegio a los 17 años y a partir del siguiente año decidí entrar a trabajar. Fui mesero durante un año y medio, trabajé en una pesquera y como empacador en un hipermercado, luego fui jefe de una bodega y hasta dealer en un casino, pero esto solo hasta el año pasado cuando me metí a trabajar junto a la comunidad en la junta de acción comunal. Allí conocí el programa de Ruta Motor.                        

Un amigo y yo empezamos a vincularnos con la comunidad, él trabajaba con el presupuesto participativo de la Comuna 8 y yo era el tesorero de la junta de acción comunal del barrio. La gente empezó a reconocernos por nuestro trabajo, queríamos traerles oportunidades nuevas a todos, queríamos ser parte del cambio. En una reunión con un concejal, lo escuchamos hablar de Ruta Motor, nos interesó el cuento así que hablamos con la psicóloga del programa para convocar a los jóvenes del barrio.  Y así fue.

Empezamos a mediados de septiembre de 2015 y la conexión fue inmediata. Vanessa y Natasha fueron las talleristas, y quienes desde el principio ayudaron a transformar muchas cosas en mi vida y en la de mis compañeros. Más allá de lo que puedes aprender en el colegio con las matemáticas, la ciencia y todo eso, este taller nos llenó de herramientas para la vida. Hablamos del manejo de nuestras emociones, del autoconocimiento (que es MUY importante), de la resolución de conflictos y un montón de cosas más que me ayudaron a cambiar las cosas negativas que vivían en mí, en el Juan Camilo del pasado.

El Juan de ahora ha cambiado. Aunque me siguen gustando los libros de Gabriel García Márquez, la tranquilidad que da el mar y la arena y los sueños de mi niño interior, el nuevo Juan, el que veo hoy en el espejo está motivado y lleno de entusiasmo, con ganas de cambiar el mundo, de tener el poder de superar las dificultades y transformar la vida de los jóvenes en mi barrio.  

Soy una persona como cualquiera, con miles de errores, pero con más disposición que antes para aceptarlos y cambiarlos, esto me enseñó a vivir una vida más tranquila. Sueño con verme realizado como todo un profesional, tener una educación avanzada en idiomas y, por qué no, en unos años tener una familia con quien compartir todo lo que aprendí.

Hoy es mi primer día en la carrera técnica de Gestión Logística en el SENA Antioquia y en mi mente solo tengo a mi gran heroína, a quien a pesar de las dificultades de la guerra y el maltrato, superó todos los obstáculos y le hizo frente a la vida, se encontró con ella misma y decidió seguir adelante. Mi mamá es a quien más admiro, ella es una berraca y si hay alguien en el mundo a quien debo seguir por su entrega y trabajo duro, es a ella.

La constancia sí tiene recompensa

Soy Jesús Lozano, cuando tenía 17 años me gradué del colegio Juan Pablo 11 del barrio Siloé de Cali, y lo único que quería era ser diseñador gráfico. Muy juicioso asistía a mis clases imaginando todos los proyectos que iba a dirigir una vez terminara la carrera. Pero no siempre las ganas y las posibilidades se ponen de acuerdo, y por falta de dinero tuve que dejar de estudiar.

No puedo negar que la rabia y la frustración por no poder seguir mi sueño, por no tener la plata suficiente para pagarlo, lograron desmotivarme en más de una ocasión. Pero gracias a Dios, en mi familia la palabra renunciar no hace parte de nuestro vocabulario. Recuerdo que de pequeño era mi abuela quien me cuidaba pues mi mamá siempre estaba trabajando para asegurar que nunca faltara comida en la mesa. Sus trasnochadas y horas extras hubieran sido en vano si yo me hubiera dejado ganar por las circunstancias.

Si hay algo que mi mamá me ha enseñado con su esfuerzo y sacrificio es que la constancia tiene su recompensa. Y la mía llegó bajo el nombre de Ruta Motor. Fue un amigo del barrio el que me contó del proyecto y hoy a mis 20 años estoy  más que convencido que vincularme es la mejor decisión que he tomado. Seis meses de talleres fueron más que una escuela, fueron una guía para toda la vida.

Antes de asistir a las clases con Ruta Motor era una persona bastante intolerante. Y lo que aprendí con las actividades me enseñó a mejorar mi temperamento, a dar mi punto de vista sin llegar al conflicto, a expresarme frente a un grupo de 15 estudiantes de manera calmada y concisa. A darme cuenta que todos los días puedo descubrir talentos que no creí tener, y que yo soy el único quien puede impedirme salir adelante.

Y con esto en mente puedo decir con orgullo y felicidad que desde noviembre del año pasado comencé a estudiar Mantenimiento de Motores en el SENA. Sé que esta carrera es completamente opuesta al Diseño Gráfico, pero si algo aprendí en Ruta Motor es que mi curiosidad por solucionar problemas y mi gusto por reparar cosas desde que era chiquito, eran una señal de que tengo lo necesario para reparar carros y motos sin problema.

La frustración que sentí en algún momento se transformó en felicidad. Ahora todos los días me levanto motivado a seguir aprendiendo. Me veo en el espejo y veo a un joven sencillo, humilde, que no discrimina. Estoy agradecido con la vida y con mi familia por las oportunidades que me han brindado. A la vida, por presentarme caminos lejos de las drogas y las malas compañías. Y a mis papás, porque siempre me han mostrado que se vale soñar. Ellos juntos para mí representan paz y perseverancia, la combinación precisa para encontrar el éxito.

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