En Nariño se cultiva cultura e identidad

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Lunes, Agosto 22, 2016

“El que no conoce, no ama y el que no ama, no conserva”

En Nariño se cultiva cultura e identidad

Una frase sencilla pero que al llevarla a la acción ha sido capaz de transformar el estilo de vida de cientos de campesinos que han aprendido el verdadero significado de vivir en lo rural, y que ha servido de lección para aquellos que menosprecian el valor de trabajar el campo.

Así lo cuenta Patricia Jojoa, agrónoma y líder comunitaria quien junto con su padre, sus hermanos y sus dos hijas está a cargo de la Reserva Natural Pureza Cristalina, ubicada en la Laguna de la Cocha a 40 minutos de Pasto. Un lugar que a primera vista descresta por la biodiversidad de plantas y flores cuyos colores y tamaños dan la sensación de estar viendo una pintura, y que después de unos minutos genera tal estado de tranquilidad, que el deseo por quedarse es innegable.

Lo anterior tiene una explicación, que aunque lejos de estar científicamente comprobada cuenta con un componente místico bastante fuerte. Milenariamente la Laguna de la Cocha ha sido el punto de encuentro espiritual de los antepasados de los indígenas Quillasingas, y, según expertos energéticos, uno de los lugares más importantes en el mundo para recargarse de energía.

Tal vez eso explique el talante de quienes la habitan, en especial el de Patricia y su familia, quienes han convertido a esta reserva natural en un ejemplo de lo que el respeto por la naturaleza puede beneficiar a la economía de una región. Ellos hacen parte de la Asociación para el Desarrollo Campesino, ADC, más exactamente en Yarcocha, una minga asociativa de campesinos e indígenas que desde 1980 viene implementando en las familias propietarias, el uso de predios biodiversos y de producción permanente para asegurar una alimentación sana, lograr un comercio justo y mantener los ecosistemas naturales.

Una realidad muy diferente a la vivida por los bisabuelos de esta comunidad que llegaron en 1909 a poblar este lugar cuando todo era selva. El trabajo era en función de la montaña de manera que la economía se basaba en madera y carbón mineral. Trayectos inhóspitos, largas jornadas laborales, lejos de escuelas y hospitales, cansancio extremo. Vivían en chozas de paja en que las camas quedaban en la cocina donde criaban cuyes para vender, lo que se traducía en enfermedades y condiciones de vida muy deplorables. Los fines de semana los hombres se emborrachaban cuando iban al puerto a vender el producido de los últimos días, trayendo problemas económicos e intrafamiliares a la región.

Fue entonces que un grupo de líderes en 1980 propuso un cambio social y se dio origen a la Asociación para el Desarrollo Campesino, que propuso retomar la agricultura y la ganadería para dejar de depender exclusivamente de la montaña y sacarle mejor provecho a la tierra, de manera que las mujeres también pudieran aportar a la economía familiar.  Para asegurar un trabajo que les permitiera estar en sus casas al momento en que sus hijos regresaran de la escuela, las mujeres tomaron la iniciativa y se pusieron a cargo de los recursos financieros de la asociación y empezaron a trabajar pequeños créditos productivos para comercializar lo que cosechaban. Involucraron a sus familias y les pagaban por su trabajo.

Llegaron el SENA y el ICA a hacer un acompañamiento profesional, mejorando así la economía familiar y de paso el tema social. Lo que hizo la ADC, y que ahora personas como Patricia replica con mucho orgullo, es transmitir el mensaje de que vivir en el campo es un orgullo y que quienes lo habitan no son brutos, como se le ha enseñado a la mayoría.  Y es así como Patricia recibe a quienes visitan la reserva natural con un mensaje muy poderoso, “cuando me quiero a mí, quiero al otro y empiezo a querer mi entorno”. Y basta con ver la sonrisa tan genuina en su cara cuando pronuncia estas palabras, para saber que lejos de ser un libreto, es un lema de vida.

El de ella y de todos los miembros de Yarcocha, quienes en 1990 entendieron que incluir en su gestión el tema ambiental era clave para su desarrollo como comunidad. “En ese momento funcionaba el Inderena, todavía no existía el Ministerio del Medio Ambiente, así que tuvimos que buscar expertos que hablaran del tema, que en ese entonces eran tildados de “locos” pues nadie creía que el medio ambiente era un tema de interés general”, explica Patricia.

Nombres como Gonzalo Palomino, ingeniero agrónomo de la Universidad Nacional, y Mario Mejía, considerado el maestro de la agroecología latinoamericana, empezaron a hacer parte del vocabulario de esta comunidad. Sus avances e informes sirvieron de formación académica y acompañamiento para que como asociación fueran cofundadores de la Red Nacional de Reservas Naturales de la Sociedad Civil. Convirtieron sus fincas en reservas naturales privadas y establecieron alternativas productivas con procesos de abono, riego, siembra y cría de animales que minimizan el impacto ambiental.

Hacer abonos orgánicos y cultivos asociados se convirtió en un requisito a la hora de trabajar la tierra. Empezaron a sembrar de manera escalada las semillas que guardaban las abuelas, lo que con el tiempo implicó una transformación del paisaje. “Aquí puede que no haya plata, pero si uno tiene cultivos variados nunca va a pasar hambre. Tenemos lo que hemos llamado el bien vivir, donde tenemos acceso a comida todos los días, respiramos aire puro, agua limpia, un paisaje envidiable y la posibilidad de caminar nuestra tierra y hacer investigaciones que mejoren la calidad de nuestros productos”, cuenta Patricia.

Es por eso que en esta reserva se cuida toda forma de vida, desde las más de 100 clases de orquídeas que adornan la tierra, hasta las cinco clases de colibríes que entretienen todas las mañanas con sus cantos. Ellos siembran cultura e identidad, razón por la que la Agencia de Desarrollo Local de Nariño, que promueve el diálogo y contribuye al desarrollo humano integral en el departamento, los ha venido acompañando en temas de formación y visibilidad.

En esta oportunidad contó con el apoyo de la Agencia de Cooperación Internacional de Colombia, APC-Colombia, para replicar esta experiencia exitosa con líderes de otros territorios durante el intercambio Col-Col que se realizó en Pasto a finales de junio. Los asistentes pudieron ver con sus propios ojos que en Pasto se construye país desde lo local, y que personas como Patricia y su familia, son un ejemplo viviente de que la paz en Colombia no solo se construye, también se siembra.  

 
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